Ourense, 20 mayo de 2026. Matuca Cerviño es enfermera y odontóloga. La combinación de ambas formaciones ha influido en su desarrollo profesional y su forma de acercarse a la atención al paciente. “La especialización me permite ofrecer el mejor tratamiento posible, la formación continua me da seguridad y rigor, pero es el respeto al paciente —entendido desde esa empatía— lo que realmente define mi manera de trabajar”, asegura.
Viene de firmar recientemente un convenio con el Colegio de Enfermería de Ourense para ofrecer a sus colegiadas un programa especializado pensado para la detección temprana y el cuidado a quien cuida, y a sus familias. “Las enfermeras y enfermeros están acostumbrados a cuidar de los demás, muchas veces olvidándose de sí mismos. Este programa nace precisamente para poner el foco en ellos, en su bienestar, en su salud”.
Hablamos de enfermería, de empatía y cuidado, de formación y especialización. Y de cómo todo eso define a los profesionales sanitarios.
En tu trayectoria mencionas tres principios que consideras irrenunciables: especialización, formación y actualización, y respeto a los pacientes. ¿Cómo se traducen hoy en tu práctica profesional?
Para mí esos tres pilares tienen un origen muy claro, que es una frase que me marcó desde pequeña y que repetía constantemente mi abuelo, con el que me crié, y que por cierto era médico y director tanto del hospital como de la primera escuela de enfermería de esta ciudad, la profesionalidad no está reñida con el cariño y la empatía; trata a los pacientes como te gustaría que te tratasen a ti.
Hoy en día, eso está presente en cada decisión clínica. La especialización me permite ofrecer el mejor tratamiento posible, la formación continua me da seguridad y rigor, pero es el respeto al paciente —entendido desde esa empatía— lo que realmente define mi manera de trabajar.
Porque un buen tratamiento no es solo el que está bien hecho técnicamente, sino el que está bien indicado y bien explicado, y en el que el paciente se siente escuchado y cuidado.
Tu formación combina Enfermería y Odontología. ¿Cómo ha sido ese recorrido profesional?
Aunque no fue buscado, resultó ser un camino muy coherente con esa forma de entender la profesión. La enfermería me dio precisamente esa base de cuidado, de cercanía, de entender al paciente desde un punto de vista humano.
Después, la odontología me permitió desarrollar una parte más técnica y especializada. Pero nunca he querido perder esa esencia.
De hecho, creo que mi recorrido tiene sentido precisamente porque une ambas cosas: la precisión clínica con la empatía en el trato.
Con el tiempo, esa combinación me ha permitido desarrollar un enfoque propio, donde la estética no es superficial, sino una consecuencia de un buen diagnóstico funcional y estructural.
Aunque tu desarrollo profesional ha seguido un camino propio, sigues vinculada a la enfermería. ¿Qué significa para ti mantener esa conexión con la profesión?
Para mí la enfermería representa el origen de mi manera de entender la sanidad. Es la profesión que más cerca está del paciente, la que cuida en el sentido más profundo, la que llega al alma.
Mantener esa conexión es una forma de no perder nunca esa sensibilidad, pero también de no olvidar que antes de cualquier tratamiento hay que entender bien lo que le preocupa internamente a la persona.
¿Crees que la formación enfermera aporta una sensibilidad o una perspectiva diferencial en otros ámbitos sanitarios?
Sí, clarísimamente y, sobre todo, aporta una forma distinta de observar. Muchas veces el problema no es lo que el paciente viene a consultar, sino lo que hay detrás. Y eso no siempre es evidente si no estás entrenado para verlo.
En mi caso, eso se traduce en que intento no quedarme solo en lo visible, sino entender la causa, tanto en adultos como en niños. Esto además es muy gratificante.
Recientemente se ha firmado un convenio entre el COE Ourense y Clínica Matuca con un programa pensado para cuidar a quien cuida. ¿Qué valor tiene para ti poner en marcha un programa pensado específicamente para profesionales de enfermería?
Es importante porque no es un convenio centrado únicamente en tratamientos, sino en aportar algo más.
La idea es ofrecer a las profesionales sanitarias y a sus familias un acceso a diagnóstico y prevención, que muchas veces es lo que falta.
Y también tiene una parte personal, porque conecta con mi origen en la enfermería.
El convenio incluye ventajas para colegiadas y, en algunos casos, también para sus familias. ¿Qué necesidades o realidades has tenido en cuenta al diseñar esta propuesta?
Las enfermeras y enfermeros están acostumbrados a cuidar de los demás, muchas veces olvidándose de sí mismos. Este programa nace precisamente para poner el foco en ellos, en su bienestar, en su salud y también en su imagen, que forma parte de su autoestima y de cómo se enfrentan al día a día.
¿Qué tipo de ventajas o enfoque incorpora este convenio para colegiadas y sus familias?
Más allá de ventajas económicas, que también existen, el enfoque principal es el acceso a un modelo de atención diferente.
Un modelo basado en el diagnóstico, en la prevención y en el tratamiento de la causa, no solo de la consecuencia.
Incluye valoración personalizada, acceso a protocolos propios de la clínica y programas específicos como “Sonrisas en crecimiento”, donde enseñamos a las familias a detectar hábitos que afectan al desarrollo facial, como la respiración oral, la masticación unilateral o una alimentación inadecuada.
A partir de ahí se decide si hay que intervenir, ya sea guiando el crecimiento, trabajando hábitos o utilizando ortodoncia cuando está indicada.
Porque la ortodoncia es importante, pero no es solo alinear dientes. Si no tienes en cuenta la estructura facial, es un fracaso a largo tiempo.
Hablas de programas creados por ti, como “Sonrisas en crecimiento”. ¿Qué aporta este tipo de iniciativas?
“Sonrisas en crecimiento” surge precisamente de esa necesidad de detección precoz. El crecimiento facial se puede dirigir entre los 4 y los 10 años y muchas veces solo es necesario corregir hábitos, que pasan desapercibidos porque nadie nos ha enseñado a observarlos y creemos que son normales.
He creado una guía para familias donde enseñamos a identificar estos signos: respiración oral y no nasal, mala masticación, problemas de sueño, deglución atípica, baja energía, ojeras, boca abierta… que influyen negativamente en el desarrollo facial de nuestros hijos y afectan tanto a su salud física como psicológica, ésta última debido a su apariencia estética.
Hay niños, por ejemplo, diagnosticados con déficit de atención en los que en realidad hay un problema de descanso asociado a una mala respiración. Y eso influye en su desarrollo craneofacial, en su energía y en su rendimiento.
Cuando esto se detecta a tiempo, se puede guiar el crecimiento. Y eso cambia completamente el pronóstico y su calidad de vida. No todo es dientes rectos y sin caries... yo voy mucho más allá.
¿Y qué ocurre cuando ese desarrollo no se ha guiado a tiempo?
En adultos ya no podemos modificar el crecimiento, pero sí podemos actuar sobre la estructura. Ahí es donde entra la armonización orofacial, no como algo aislado, sino como una forma de reposicionar tejidos, mejorar el soporte y compensar lo que no se desarrolló correctamente.
Es un enfoque diferente, más global, donde no se trata solo de mejorar la estética, sino de recuperar el equilibrio. La función y el equilibrio hacen la estética.
Como profesional sanitaria, ¿qué te sigue moviendo hoy en tu trabajo y en la manera en que entiendes la atención al paciente?
Me sigue moviendo hacer bien las cosas y esa idea tan sencilla y tan potente: tratar a cada paciente como me gustaría que me tratasen a mí.
Eso implica ser honesta, ser rigurosa y, al mismo tiempo, ser cercana.
Me apasiona mi trabajo, pero sobre todo me motiva cuando hay un buen diagnóstico detrás y el tratamiento tiene sentido. Tanto en niños, cuando puedes intervenir a tiempo y guiar un desarrollo, como en adultos, cuando puedes mejorar algo que lleva años sin tratarse correctamente.
Y luego hay algo que también forma parte de mi día a día: con el tiempo, muchas pacientes acaban convirtiéndose en “amigas”. Y eso no es falta de profesionalidad, es confianza. Es muy gratificante cuando te abrazan espontáneamente.
Pero todo parte de lo mismo: entender bien el problema, hacer lo correcto en cada caso e implicarte emocionalmente con cada paciente.

