Isabel Zendal

Isabel Zendal: la primera enfermera en una misión internacional

Ourense, 15 de abril de 2026. En 1803, una enfermera gallega embarcó rumbo a América con 22 niños a su cargo. No viajaba como acompañante ni era una mera figura secundaria. Su labor era cuidar, sostener y hacer posible una misión sanitaria sin precedentes: llevar la vacuna de la viruela al otro lado del Atlántico. Aquella mujer era Isabel Zendal.

La historia de Isabel Zendal (Ordes, 1773) es una de esas piezas esenciales de la enfermería que durante siglos ha permanecido en los márgenes del relato oficial, pese a que su papel fue determinante en la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, considerada uno de los hitos más relevantes de la historia de la salud pública.

Hoy, Isabel Zendal está reconocida como la primera enfermera en misión internacional, pero ese reconocimiento llegó tarde. Durante siglos, su figura quedó eclipsada por otros nombres. Repasamos su historia y las fuentes señalan que su reconocimiento fue muy tardío y que durante casi dos siglos su nombre apenas apareció en manuales o homenajes.

La viruela, la gran amenaza del siglo XVIII

Para entender la dimensión de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna hay que volver a la viruela. La viruela fue, durante siglos, una de las enfermedades más letales del planeta. En Europa causaba alrededor de 400.000 muertes al año y quienes sobrevivían a menudo sufrían secuelas graves. En América, su impacto fue devastador: las poblaciones indígenas no tenían defensas naturales y las epidemias arrasaron comunidades enteras.

En 1796, el médico británico Edward Jenner logró desarrollar la primera vacuna al inocular a un niño con el virus de la viruela bovina. El descubrimiento abrió la puerta a una nueva era en la prevención sanitaria, pero quedaba un reto mayor: ¿cómo transportar esa vacuna a miles de kilómetros de distancia sin que perdiera su eficacia?

La solución: una expedición, 22 niños y una enfermera

La respuesta llegó de la mano del médico Francisco Javier Balmis, quien convenció al rey Carlos IV de lanzar una expedición sanitaria sin precedentes. El plan era tan audaz como rudimentario: utilizar una cadena humana de niños para transportar el virus de brazo en brazo, manteniendo viva la vacuna durante los meses de travesía hacia América y Filipinas.

Para ello se necesitaban cuidadores. Personas capaces de atender a esos niños durante el viaje, administrar las inoculaciones, controlar los síntomas y evitar infecciones cruzadas.

Y ahí es donde aparece Isabel Zendal.

Isabel Zendal: una enfermera adelantada a su tiempo

La investigación histórica más sólida sitúa su origen en Santa Mariña de Parada, en Ordes, y confirma su vinculación al Hospital de la Caridad de A Coruña y a la Casa de Expósitos, donde ejerció como rectora. Su biografía no está completa, pero sí permite dibujar un perfil nítido: mujer de origen humilde, vinculada muy pronto al trabajo de cuidados, madre en solitario y responsable de una institución dedicada a la atención de menores vulnerables antes de unirse a la expedición de la vacuna.

Aunque perviven muchas lagunas de su biografía, lo que se sabe refleja las duras condiciones en las que Zendal comenzó su carrera y el desconocimiento de su figura.

Nació probablemente entre 1771 y 1773 en la zona de Ordes, en Galicia, dentro de una familia campesina. Según varias fuentes, su madre murió cuando Isabel era adolescente, lo que la obligó a salir a trabajar muy joven; primero se la sitúa en labores domésticas en A Coruña y después en el Hospital de la Caridad y la Inclusa.

También se sabe que tuvo un hijo, Benito, nacido en 1793 o 1796 según la fuente, y que lo crió como madre soltera. 

El 30 de noviembre de 1803, Isabel Zendal embarcó en la corbeta María Pita junto a los 22 niños huérfanos que portarían la vacuna y, precisamente, con su hijo Benito. Durante la travesía y en las etapas posteriores, su tarea fue tan compleja como decisiva: cuidar a los menores, vigilar su estado, atender su alimentación y su higiene, aliviar el miedo, acompañar los procesos de inoculación y evitar que la cadena vacunal se rompiera.

Ese trabajo, tantas veces reducido a una nota al pie, fue en realidad una condición indispensable para el éxito de la expedición. Sin continuidad en los cuidados no había vacuna posible. Sin observación, sin atención diaria y sin una logística básica del cuerpo y de la vida cotidiana, aquella misión sanitaria no habría llegado a destino. La historia de Isabel Zendal recuerda algo que la enfermería conoce bien: detrás de cada gran avance sanitario hay también un trabajo de cuidados que sostiene, ordena y protege.

Una ruta histórica: de Galicia al mundo

La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna recorrió Canarias, Puerto Rico, Venezuela, Cuba, México, Filipinas y varias colonias del Pacífico. En cada parada, se replicaba el proceso de vacunación y se entrenaba a personal local para que continuara la tarea.

Se calcula que más de 250.000 personas fueron vacunadas gracias a esta misión, considerada hoy como el primer operativo sanitario global y precursor de las campañas de salud pública internacional.

Zendal acompañó la expedición hasta Filipinas y luego regresó a México, donde decidió quedarse a vivir con su hijo. En 1811 solicitó una pensión por su servicio, pero su rastro histórico se pierde a partir de entonces. Las fuentes apuntan a que permaneció en México y que allí terminó su vida, aunque no se conoce con precisión la fecha ni las circunstancias exactas de su fallecimiento. Esa falta de documentación no borra su historia, explica en parte por qué su figura quedó dispersa y mal fijada durante tanto tiempo. 

Reconocimiento tardío, legado eterno

Durante más de un siglo, el nombre de Isabel Zendal quedó eclipsado por sus compañeros de expedición. No fue hasta 1950 cuando la OMS la reconoció oficialmente como la primera enfermera en misión internacional.

Su papel no fue auxiliar ni decorativo: organizó cuidados, higiene y continuidad sanitaria en condiciones muy difíciles. Entonces, ¿por qué su historia fue ignorada durante un siglo? La documentación sobre su vida es fragmentaria, hay discrepancias en algunos datos biográficos y, como ocurrió con tantas mujeres, su papel quedó subordinado a relatos construidos desde otras jerarquías. La medicina oficial recordó antes a los grandes nombres masculinos de la expedición que a quien garantizó el cuidado diario de los niños y la viabilidad práctica de la misión.

Sin embargo, en las últimas décadas distintas investigaciones y homenajes han contribuido a devolverle el lugar que merece. En Galicia, el trabajo de recuperación documental impulsado desde el Parlamento fue decisivo para acreditar su origen y ordenar una biografía que había permanecido durante mucho tiempo rodeada de confusiones.

Qué representa hoy para la enfermería

La relevancia de Isabel Zendal para la enfermería no está solo en su valor simbólico. Su figura permite explicar, con un ejemplo histórico potente, que el cuidado enfermero no es una tarea accesoria ni una función secundaria. En su trabajo aparecen ya elementos que hoy siguen definiendo a la profesión: atención a personas vulnerables, prevención, continuidad asistencial, vigilancia clínica, organización del cuidado y respuesta sanitaria en contextos complejos.

Por eso su historia sigue teniendo fuerza. Porque conecta la enfermería con la salud pública, con la logística sanitaria y con la dimensión humanitaria de los cuidados. Y porque ayuda a desmontar una idea todavía simplista de la profesión: la enfermería no ha sido nunca solo ejecución o asistencia básica. También ha sido criterio, organización, anticipación y protección de la vida en escenarios especialmente frágiles.

Más allá de Florence Nightingale: dos momentos históricos

Isabel Zendal y Florence Nightingale representan dos momentos históricos, dos etapas distintas de la evolución enfermera. Zendal representa un momento anterior a la profesionalización formal: un cuidado eficaz, empírico, sostenido por la experiencia y por una práctica intensa en contextos de vulnerabilidad. Nightingale, décadas después, convertiría ese cuidado en una disciplina con método, formación, registro y reforma sanitaria.

Ambas destacaron por observar necesidades, organizar cuidados y trabajar en entornos hostiles. Las dos dirigieron o coordinaron instituciones: Zendal como rectora de la Casa de Expósitos de A Coruña y Nightingale en la Guerra de Crimea y en la organización posterior de la formación enfermera.

Su trabajo fue decisivo para la salud pública, aunque durante mucho tiempo se reconoció más a los hombres o a la figura institucional que a ellas mismas.

En su trayectoria existen claras diferencias que no restan valor, sin embargo, a su visión del cuidado enfermero. Zendal no tuvo una formación académica conocida en enfermería; su saber parece haber sido práctico, aprendido por observación, imitación y experiencia cotidiana de cuidado. Nightingale, en cambio, sí accedió a una educación más amplia y a experiencias formativas que le permitieron convertir el cuidado en una disciplina con método, registro y base estadística

Otras enfermeras pioneras que debemos recordar

Por otro lado, Isabel Zendal comparte legado con muchas otras figuras fundamentales. Recuperar sus historias es también una forma de visibilizar el impacto que la enfermería ha tenido, y sigue teniendo, en la salud de la humanidad. Mujeres que, como Zendal, contribuyeron al desarrollo de la profesión mucho antes de que esta se reconociera formalmente, verdaderas pioneras de la enfermería y enfermeras que cambiaron la historia y no salen en los libros.

De las travesías del siglo XIX a los vuelos sanitarios del XX

La historia de Zendal dialoga con otras gestas menos conocidas pero igualmente significativas. Como la de Elvira López, que en 1927 se convirtió en la primera mujer en participar en un vuelo sanitario militar. Dos mujeres, dos épocas y un mismo compromiso: cuidar.

Recuperar la historia de unas y otras no es solo un gesto de memoria. Es una forma de contar con más verdad la historia de la enfermería.


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