Los psicólogos coinciden en las consecuencias más comunes, como la alteración del sueño o el ánimo, y alertan sobre «la situación especial» de la gente con patología depresiva

Fuente:ABC

 

Cada vez que aparece un cambio, aumentan los mitos sobre su posible incidencia en nuestra manera de afrontarlo. Dos veces al año, a las dos de la madrugada, le toca el turno a la hora, que se atrasa o se adelanta sesenta minutos. Se modifica nuestra rutina como medida de ahorro energético, y este parece ser uno de los únicos puntos en los que todos coinciden.

La madrugada del sábado al domingo debemos adelantar una hora nuestros relojes pero, ¿y luego qué? Trastornos en el sueño, decaimiento del ánimo, aumento de los infartos, insomnio... ¿Son estas secuelas ciertas? ¿Cómo nos afecta realmente dormir una hora más?

A pesar de que los expertos difieren, sobre todo en matices, en la mayoría de las contraindicaciones derivadas de esta modificación, no sucede lo mismo con los beneficios. Además del citado ahorro energético, que repercute entre otras cosas en el bolsillo de los ciudadanos y por tanto resulta positivo, poco rendimiento cosecha el cuerpo humano del cambio de hora según los especialistas.

«Son los niños, que tienen más tiempo libre del que disfrutar, o los adolescentes, que aprovechan que el día es más largo para salir y llegar más tarde o dormir más, los que lo disfrutan», sostiene Nuria Ruiz Gómez, psicóloga de Sanitas. Tampoco los jubilados suelen tener problemas para adaptarse al nuevo horario porque, según la experta, «no tienen uno estable» al que atenerse, es más flexible. Sin embargo, «la gente de mediana edad, desde los 25 a los 55 años, sí se ve afectada. La jornada laboral, los hijos y, en general, su rutina, se ve modificada y les cuesta habituarse», asegura.

Más cansancio, confusión y menos tiempo para realizar las actividades cotidianas hacen que las personas acometan sus tareas con menos energía de lo normal. «Obviamente todo depende de la persona, cada una es un mundo, y del organismo», comenta Ruiz.

Aunque a grandes rasgos Valentín Martínez-Otero, Doctor en Psicología, coincide con Nuria Ruiz, afirma que «la disminución de horas de luz y la bajada de las temperaturas suelen traducirse en una inhibición (alteración de las actividades) y por consiguiente una mayor propensión a estar en casa, limitando tanto las relaciones físicas como las sociales».

Para Martínez-Otero no debería tener impacto más allá de que pueden verse trastocadas ciertas actividades al aire libre, ya que la gente podría mostrarse reacia a salir de casa «por el frío». Sí alerta, en cambio, de las consecuencias a la hora de conducir u otras ocupaciones que requieran de control. «Deben extremar las precauciones porque la somnolencia limita la capacidad de reacción, y eso puede ser peligroso cuando se está al volante».

Los deprimidos, los más vulnerables

Para el experto, los más vulnerables son las personas con patología depresiva. «Se puede agravar su situación y precisan un especial cuidado porque aumenta la melatonina, que es la responsable del letargo en animales, y a nuestra especie le provoca fatiga, decaimiento y falta de energía». Para Martínez-Otero, la depresión no es ninguna tontería, por lo que recomienda poner su situación en «conocimiento de un especialista», no de cara al domingo, sino a lo largo de toda la semana.

Ambos especialistas coinciden en el tiempo de adaptación: tres días o, a lo sumo, una semana. «Es como el jet lag», sostiene Nuria Ruiz.  

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