SEOANE, R. D. (21 de febrero de 2021). "El virus no ha cambiado, nosotros así". La Voz de Galicia. Recuperado de www.lavozdegalicia.es 

La fatiga tiene otro significado para quienes llevan casi un año viendo cara a cara de qué es capaz el covid. Trabajan en el hospital gallego más castigado, el Chuac

Cuando creían que ya lo habían visto todo y mucho más de lo que les gustaría recordar, volvió a suceder. El covid regresó más cruel y con él todo lo que quisieran olvidar: el miedo en otros ojos, el temor propio, los días de pena sin respiro y la angustia del mañana. Lo ocupó todo y puso de nuevo a prueba la resistencia de una vocación. En el hospital más castigado por esta nueva ola de una pandemia de nunca acabar, en el Chuac, la fatiga tiene otra dimensión. Guardianes de la esperanza en salir adelante desde hace un año ya, cada uno de los testimonios de los trabajadores de la salud trasluce algo de los padecimientos que el virus, una y otra vez, se cobra. ¿Cómo lo están llevando? ¿Ha cambiado algo de cuando todo empezó? Parte de su sentir va en la brevedad de unas líneas incapaces de condensar su perplejidad por revivir lo que nunca tendría que haber vuelto a ocurrir y la fuerza, individual y compartida, del compromiso hacia quienes sufren.

En primera fila, «llevamos un año de ola en ola», subraya Uxía Fernández. Es médica de urgencias, donde el apuro real aprieta las 24 horas de todos los días. Desde el covid, más. «Es difícil atisbar un final cerca cuando ves que esto se repite», lamenta. «El virus en sí no ha cambiado apenas su modo de comportarse; -agrega- los que hemos cambiado somos nosotros». El agresor ya no es un completo desconocido. Se sienten «más preparados» por lo aprendido y protegidos por la vacuna, pero también «más cansados y con ganas de recuperar nuestra vida fuera del hospital y volver a abrazar a los nuestros». El temor de llevarse el bicho del trabajo a casa secuestra hasta los afectos.

 

Uxía Fernández y Antía Seijas, equipándose junto con sus compañeros de urgencias del Chuac

«Estoy deseando abrazar a mi familia», coincide Antía Seijas, enfermera del equipo. Intenta siempre llegar con una sonrisa, ahora en la mirada. Pero «cada vez se hace más duro -reconoce-; parece que esto no tiene fin y cuesta ver que hay personas que no se lo toman en serio». Sobre todo cuando, frente a la primera, esta ola trae más enfermos, más jóvenes y más graves.

«La carga y el estrés emocional de continuar viendo cómo fallecen pacientes, de tener que dar malas noticias, compartir la tensión que viven las familias en casa... Eso permanece igual», opina Cristina Barbagelata. Es internista y ella, que se contagió en abril reanimando a un enfermo, sintió además el peso de «pensar que podría sobrepasarnos».

 

Cristina Barbagelata, internista del Chuac, auscultando a un paciente

«Hemos cambiado nosotros, nuestros conocimientos y nuestros medios», apunta Jorge Gámez, residente de cuarto año en la uci. El nuevo embate «claramente más grave», dice, «nos coge más desgastados y muchas veces incluso frustrados», pese a lo cual su motivación siempre va por delante: «Hacer todo lo que podamos por los más críticos»

 

Álvaro Mena, médico de la unidad de enfermedades infecciosas del Chuac

«En el hospital vivimos una realidad muy diferente a la que se vive en la calle», advierte Álvaro Mena, médico de infecciosos. Quizá eso lo explica casi todo. Tras el drama del inicio, llevan demasiados meses no solo viendo cara a cara de qué es capaz el virus, sino su inmisericorde capacidad para ir siempre más allá. Con medidas «más laxas» fuera, dentro fue el sobreesfuerzo de un personal que acusa «cierto hartazgo» lo que evitó lo que muchos se temieron. «El colapso ha estado cerca», dice. En marzo, el covid «era un reto a corto plazo, un problema agudo». Ahora, es crónico. «Esta vez se ha puesto a prueba el sistema sanitario», cree Celia Rodríguez, enfermera de preventiva. «Todos hemos arrimado el hombro como hemos podido» ante un volumen «impresionante» de casos, explica quien confía en la «suerte» de la vacuna.

 

Celia Rodríguez Estoquera, enfermera del servicio de Medicina Preventiva, vacunando.

«Sigo teniendo miedo», añade Josefa Pereira, técnica de cuidados auxiliares de enfermería, aunque «ahora lo afronto de otra manera». A sus ojos, a peor ha ido la dureza de ver «más jóvenes que acaban en la uci y familias al completo contagiadas».

 

Josefa Pereira Sánchez, técnica en cuidados auxiliares de enfermería (TCAE) ayuda a comer a un paciente

«Hai máis medo agora que en marzo porque o vemos máis cerca, porque hai máis contaxios e porque xa sabemos as consecuencias». Así lo resume Manu Porteiro, que habla por la enfermería de reanimación, unidad curtida en adaptarse para hacer frente a un virus implacable que fue colonizando espacios y obligó a convertir hasta los quirófanos en camas de críticos. Precisamente esa es una de las inquietudes de la cirujana Gabriela Romay, que además del «mucho temor e incertidumbre» ante los ingresos disparados, advierte que con la uci tocando techo es complejo operar a quien, sin virus, sigue grave esperando por un quirófano «Nos preocupa muchísimo», recalca.

 

Gabriela Romay, cirujana del Chuac, en el quirófano

Con una carga asistencial «mucho mayor» y en circunstancias «igual de duras», la anestesista Marta López habla de la sensación de vivir en un tsunami. «Aprendimos a gestionar mejor nuestras emociones e inseguridades», cree, lo que ayudó a la asistencia y a aliviar presión. Quizá, como apunta Gustavo Blanco, «estamos aprendiendo a convivir con esto». Celador en críticos, reconoce que la crudeza de esta onda pasa factura y arrastra «una sensación de decepción».

 

En críticos, Gustavo Blanco ajustando la cama de un enfermo

«La primera ola fue devastadora psicológicamente», aprecia la neumóloga Iria Vidal. Menos desprevenidos y más preparados ahora, apunta un negativo al «comportamiento de algunas personas» y, visto lo visto, lanza un deseo: «Espero que hayamos aprendido la lección».

 

«Si no logramos ser conscientes, habrá más olas»

Pese a la «sensación de tristeza y pérdida», si algo ha sacado a la luz esta marea es «la capacidad de resiliencia y la generosidad sostenida en el tiempo», piensa la ucista Mónica Mourelo. Ha visto aflorar «la parte más humana» hacia los que sufren. «No solo se trata de cuidar la salud, sino de acompañar al paciente y su familia», recalca. Por eso, cree que «la gente debería preguntarse qué puede hacer cada uno. Será la mejor forma de agradecer el esfuerzo diario de muchos profesionales, no solo sanitarios, que ponen su vida a disposición de quien más lo necesita». De no ser así, ve un mañana sombrío: «Si no logramos ser conscientes de las consecuencias, la soledad, la muerte, las secuelas... habrá más olas».

 

Salomé Botana, psicóloga clínica del Chuac

«Con la vida fuera ralentizada», como la describe, también Salomé Botana ve que «nos hemos hecho más equipo». Dan soporte emocional al personal y las familias «y también nos soportamos entre nosotros para poder seguir surfeando esta ola», explica la psicóloga. ¿El futuro? «Conduzco con luces antiniebla, intentar ver a lo lejos me deslumbra», dice.

 

Esther Giménez Moolhuyzen, fisioterapeuta en unidad de reanimación- uci covid del Chuac

Para Esther Giménez Moolhuyzen, fisioterapeuta en críticos, aunque «estamos vacunados y tenemos más experiencia», un gran cambio frente a lo ocurrido cuando el covid irrumpió en marzo, volver a pasar por lo mismo le ha hecho sentirse «abrumada por la carga asistencial y con una sensación constante de no llegar». Sin estar a pie de cama, también viven la presión otros muchos servicios centrales y esenciales, equipos y directivos de soporte que se ocupan de que no falte lo necesario.

 

Equipo del servicio de compras y suministros del Chuac responsable del almacén covid durante la pandemia

«Con preocupación, pero esperanza» ve ahora María Dolores Lorenzo el horizonte desde compras y suministros. Temió el contagio de su gente porque «si faltáramos se vería comprometido el suministro para los pacientes, covid y no covid, de los 5 hospitales y los 79 centros de salud del área». Ahora, la disponibilidad es mayor. En marzo, cuenta que comían «pegados al teléfono y delante del PC para no perder ni una sola oportunidad de conseguir materiales sensibles», como los epis para sus compañeros sanitarios.

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